Santiago Gallegos Aravena (1997) es artista visual de la Universidad Diego Portales. Aunque sus inicios en el arte se encuentran en formatos tradicionales como la pintura en óleo y el spray, ha desarrollado varios proyectos de modelado en 3D con el nombre de “Ocarin”.

Conversamos en varias ocasiones desde el año 2024 en adelante. La primera vez que hablamos se conecta a una sesión por zoom y me saluda con un fondo de galaxia. Con el tiempo nos tomamos un té y también me invita a su casa. 

Luego de su viaje a Japón, la conversación y su formalización como perfil o entrevista adquiere una relevancia, para mí, urgente. ¿De dónde nace este interés por la cultura asiática, cada vez mayor en nuestro país?

Un perro salta emocionado y trata de agarrar las mangas de mi polerón a través de la reja de acceso cuando intento tocar el timbre. Revistas, dibujos, libros enormes, figuras y coleccionables están repartidos por todas partes en su pieza.

“Justo estaba trabajando”, dice, y muestra parte de lo que sería una animación “sencilla” para Teletón. Su estilo encuentra inspiración en videojuegos clásicos, anime y manga. Inhala fuerte, pero el tabaco ya está apagado. Lo enciende y se apaga un montón de veces. Su perro, Oso, interrumpe la conversación con su nariz clara, clarísima. Me explica, entre otras cosas, que su interés por los objetos lo llevó a crear @miuramiii.

La cantidad de figuras y revistas Nintendo me recuerda algunas escenas de la infancia. “Es algo que me fascina”, dice, antes de empezar a conversar. La infancia, justamente, determina gran parte del imaginario de Santiago. Jugar, los juguetes: sus “monitos”, a veces animales, a veces extraterrestres, frágiles por la resina de la impresión 3D, puede que encuentren un espacio de comodidad mayor en otros materiales. 


Matías: Estudiaste Diseño en la Universidad Diego Portales, pero te cambiaste a Artes Visuales


Santiago: Todos mis amigos se salieron y quedé solo en una carrera que no me gustaba tanto porque era muy cuadrada. Miraba libros todo el rato, me volví un ratón, mi escape fue la biblioteca y pasar el tiempo ahí. 

Empecé a estudiar más, a ver libros, a llevarlos a la casa para revisarlos. Ahí pasa algo con Japón, un primer acercamiento a una cuestión que se llama “Torre del Sol”. Lo vi en un libro y lo encontré impresionante. Es una torre gigante, muy muy grande. Es un edificio, pero al mismo tiempo una escultura y al mismo tiempo arte. Mezcla todo un poco. Yo no cachaba que estaba en Japón ni nada, lo encontraba genial nomás.


Matías: ¿En qué año entraste a diseño?


Santiago: El 2016, si no me equivoco. Logré entrar por postulación especial: llevar portafolio, mostrar qué era lo que hacía, por qué me gustaba el arte. Ahí full pintor. Eso es interesante también,  porque  tenía mi estilo de pintura, me gustaba hacer formas. Eso se fue transformando. 


Matías: ¿Y te gustó?


Santiago: En primero y segundo solo te daban encargos. Cumplías, igual que en diseño, pero era un poco más libre. En tercero y cuarto elegías lo que querías hacer y lo presentabas, pero tenía que tener un fundamento.


Matías: ¿Cómo llegas del trabajo análogo al 3D?


Santiago: En tercer año empecé a ver gente en Instagram que hacía cosas en 3D. Yo no sabía lo que era, lo encontraba impresionante, pero no entendía muy bien, y encontré un gran referente: @spicy.obj. Fue de las primeras personas que vi que hacía cosas así, medio de los videojuegos. Tiene una marca que se llama @happy99.online que es full Nueva York. Yo veía sus trabajos y me explotaba la cabeza, lo encontraba demasiado brutal. @srabaste también. Ella hacía graffiti y después empezó a hacer 3D y quedé loco, porque mezcló todo. Esas líneas me hicieron replantearme cómo yo lo estaba haciendo aquí. Veía que trabajaban con marcas brígidas y pensaba: “yo igual quiero vivir de esto”.

Empecé a indagar en Blender y tomé un curso online. Era difícil porque nunca había tenido interacción con un programa 3D y en ese momento era muy hostil. Ahora es más suave, por así decirlo, las interfaces son más simples. Hoy veo cosas que hacía antes y las encuentro feísimas. La estética que manejaba en un inicio es la misma de ahora, pero menos sólida.

Me acuerdo que le decía a mis profes que los mundos imaginarios que yo tenía ya no los quería plasmar en la pintura, pero no entendían muy bien qué era ni cómo se hacía, entonces no me podían ayudar mucho.


Matías: ¿Cómo se lo tomaron?


Santiago: Bien, les interesaba porque tenía un contenido espiritual por así decirlo, algo que te puede mover a hacer otras cosas.

En un momento tuve un problema en la U. Pasando a mi último año me faltaban créditos y tuve que tomar un ramo optativo que se llamaba “Tecnologías escultóricas”. Te enseñaban lo básico: modelar algo en 3D y mandarlo a imprimir. Hacer cortes CNC, también. Ahí tuve otro acercamiento a Blender pero con un profe, Cristobal Cea. 


Matías: ¿De qué se trataba el ramo?


Santiago: No fui a las primeras tres clases y a la cuarta llegué tarde. Estaban pasando lista y el profe preguntó “¿hay alguien que no nombré en la lista?” y yo le dije “yo, Santiago Gallegos”. “Ah, usted es el alumno que no ha venido a las clases, ¿no le da vergüenza?”. Partimos súper mal. Cuando había que pasar a la pizarra nadie levantaba la mano y el profe decía “ya, Santiago, porque a usted no le da vergüenza”.
Era un ramo experimental. El profe notaba que me gustaba y que tenía facilidad, así que me usó de ejemplo e imprimió mi modelo. En ese taller sentí que se me daba con el 3D. Dejé de lado la pintura, el graffiti. Todas esas cosas quedaron atrás.

Una vez me llegó una pega de una marca de Inglaterra. Me hablaron muy random, y terminé cobrando 20 dólares. Era un chiste, era como comprarse una media luna y un café. Pero no sabía nada, nadie nunca me dijo cuánto podía cobrar. Fue prueba y error. Ahí dije “qué loco hacer una hueá para el extranjero”. Tuve un sueño: “de aquí a diez años quiero hacer videoclips o portadas a gente famosa”. Empecé a especializarme y me compré un computador un poco más potente. En un momento le hice una animación de un disco a un cabro, y ese fue mi primer trabajo con un músico. Empecé a hacer más cosas, y poco a poco, orgánicamente, por medio de Instagram, me empezaron a llegar encargos. Y lo logré en dos años.


Matías: ¿Cuál es la influencia de la infancia en tu trabajo?


Santiago: Mi hermano mayor es hiperfan de los juegos, de Nintendo especialmente, y cuando era chico coleccionamos las revistas Club Nintendo. Yo me subí al bote nomás la verdad. Ese fue mi primer acercamiento a los videojuegos.

Nunca he sido bueno para los juegos, o una persona que le pega o que pasa las etapas, pero mi hermano es súper bueno, así que lo veía. Veía los personajes, los colores, la ropa, rayaba con los diseños de Megaman y Sonic, que es algo que permanece hasta hoy en lo que me gusta, el diseño de los personajes. 

En Megaman estaba el tema de las armaduras: si el personaje pasaba una etapa se ganaba una armadura nueva, y era de otro color, y tiraba otros ítems. Los ítems también tenían su propia figura y una variante. Sin tener idea de lo que era el arte veía esas cosas y pensaba “qué genialidad”. 

Lo mismo con Sonic, que es el protagonista, pero que tenía sus compañeros. En la tele daban una serie que se llamaba Sonic Underground, muy antigua, donde comían completos. Lo encontraba loco, ¿por qué comían completos? En verdad eran hotdogs, esa hueá más gringa, vienesa con carne molida, pero era la comida favorita de Sonic. Como acá en Chile también se comían completos había algo con la identidad que calzaba y me gustaba. 


Matías: A propósito de identidad, ¿cómo empieza la búsqueda de una línea en tu trabajo?


Santiago: Tengo una fascinación por los personajes, los “monos”. En general, los dibujos animados, los cartoon, los cómics, todas esas cosas, tienen el estigma de ser infantiles: se piensa que son para niños. Como tengo esa fascinación y la herramienta del modelado 3D pienso más en hacer ese tipo de cosas que algo más realista. Estoy muy influenciado por eso.

Siento que tengo cosas en mi cabeza que son figuritas. Tengo una repisa llena de figuritas de Sonic, Megaman, Megabox, Pokemon, me encantan esas cosas como “juguetes”. Tiene que ver con los personajes, más que el personaje humano, mezclas entre robotcitos, animalitos. 


Matías: ¿Cómo has logrado desarrollar este estilo en tu obra? 


Santiago: Hay una influencia muy grande en el graffiti de Nueva York de los 70, 80 y 90, que trabajan mucho con personajes, también. Había harta gente que tiraba la letra y al lado ponía un “mono”. 

En la pintura y la mancha también se da algo especial. Mi tío era pintor y tenía unos pedazos de cartón llenos de manchas y me preguntaba “¿qué ves?”. Me pasaba que miraba las manchas y lo que veía siempre eran “monos”, personajes, caritas. Es como una manía. 

En un momento me metí en el óleo, tomé unas clases y dije “quiero ser pintor, quiero hacer esto”. Siempre estuve entre lo que es diseño y arte, como mezclado. Cuando empecé a pintar mis materiales eran baratos: spray, látex, plumones, materiales muy básicos. En un punto dije “quiero vivir de esto, ¿cómo lo hago, cómo le puedo dar más valor?”. Empecé a incursionar en otras técnicas y tomé algunas clases de óleo, pero no me gustó tanto porque tienes que esperar, tienes que planear y desarrollar la paciencia. En esa línea llegué al 3D. Tenía mis monos, muy básicos, y empecé a experimentar más. Me preguntaba “¿cómo hago para llevarlo a otra materialidad?”. 


Matías: ¿Y qué referencias tenías acá en Chile? 


Santiago: Hay pocos. Los Pulentos, Villa Dulce o Diego y Glot son icónicos. Un poco antes Ogú y Mampato. Pero más allá de eso no hay tanto. Algunas productoras hace algunos años recién empezaron a tirar para arriba y se comenzaron a internacionalizar. Historia de un oso es un ejemplo, y un hito. Yo no estudié animación profesional, entonces para mí es muy difícil insertarme en un estudio profesional. 


Matías: ¿Cómo conversa todo esto con tu trabajo? ¿Qué ideas tienes en mente?


Santiago: Me encantaría ganarme un fondo y hacer un monito, alguna figura, gigante, en cobre por ejemplo. Algo de tres metros. También el mismo mono pero inflable, y presentarlo a alguna galería. Eso sería un sueño, llevar lo que hago a una escala gigante. Hace un tiempo por Instagram caché un loco que trabaja con estructuras gigantescas con fibra de vidrio. Mi idea es poder materializar lo que está en mi mente, o debería decir en mi computador, llevarlo al espacio físico, que la gente esté dentro de la animación.

El tiempo que uno tiene para pensar esas cosas no es mucho. Es algo que le pasa a harta gente creativa. El arte no se paga bien, tienes que tener mucho reconocimiento para que sea así, entonces hay que luchar para mantenerte ahí. Mantenerte activo produciendo y mantenerte como persona que va al súper, que compra cosas, paga cuentas, arriendo.


Matías: ¿Por qué Japón?


Santiago: Una vez en el Instagram de TOEI caché que tenían una escultura de un gatito y dije “eso es lo que quiero, ¡ir para allá y sacarme una foto con el gatito!”. Ese fue el arranque de todo esto, estar ahí, donde se produce todo. Japón es la cúspide para la gente que le gusta el anime, el manga, la ilustración. Es muy distinto, allá me metí a una tienda de figuras y cosas y vi desde niños muy chicos hasta gente viejita. Hay monitos en todas partes, es algo intrínseco en la cultura de Japón. Caminas por las calles y ves una lavandería que tiene su propia mascota.

Cuando chico me encantaba el Metal Slug, que tenía un apartado en el menú que se llamaba “museo” en el que veías los dibujos originales, el arte. Entonces encontraba muy loco ir a SEGA y estar donde se crean las cosas.
También la ropa. Japón es un gran precursor. Todo este tema con Harajuku, que es como cuando se juntaban los pokemones en el Portal Lyon, pero en los 80 o 90.

Chile es muy joven, tiene un trabajo con lo que es la cultura de los dibujos y la ilustración. Japón tiene mucho más camino, es como el futuro. Puedes ver cosas que acá no hay, desde lo que es tecnología hasta la cultura en sí. En Japón llegas a la esquina y ves una wea del año 200. Es una cultura milenaria. Acá no sucede mucho, sí en el norte o en el sur de Chile, pero con cosas medio místicas-mágicas.


Matías: ¿Qué hiciste?


Santiago: Lo que más hice fue caminar. Salir de noche, observar… porque ni hablo japonés y tampoco me manejo con el inglés. No podía hablar con la gente, así que me limité a mirar. Entraba a una tienda y miraba las cosas. Vi las cosas que acá veía en internet. La primera vez que entré a una tienda me puse a llorar, y estaba llena de gente, qué vergüenza. 

Fui al museo de Doraemon, que veía por ETC TV. Estuve en la ciudad del creador y era igual al anime. Fui a TOEI Animation, los que hicieron Dragon Ball, Los Caballeros del Zodiaco, la parte más conocida de lo que es el anime, y yo estaba ahí, en la puerta, shockeado. Fui a ver un pop-up del 35 aniversario de Angel Blue y la tienda de una marca hipericónica que se llama Hysteric Glamour.

Antes de irme para allá pensaba “¿será real?, ¿existirá Japón?, “¿será como dicen que es?”. Es algo muy de horizonte, muy lejos, está al otro lado del mundo, entonces tenía esas preguntas.


Matías: ¿Qué fue lo más impresionante?


Santiago: La Torre del Sol. Fue creada para un evento que se hizo el 68 o el 70, un festival del progreso de la humanidad, y por dentro, en la parte de más abajo, subterránea, te muestran el Japón ancestral, máscaras de madera y hueas muy antiguas. Más abajo hay otro lugar que es vertical, donde ves el plancton, todo iluminado, peces, mamíferos, monos, y al final el humano. Vas caminando por una escalera y vas mirando todas esas cosas que van “avanzando”.

Los trenes, las estaciones, los monorrieles, también. Son alucinantes. Tokio es la ciudad más poblada del mundo. Acá hay gente que se pierde en Baquedano, yo me perdí en Shinjuku: eran ocho pisos de estación. Hay un mall adentro. Diez estaciones de trenes dentro de la misma estación, cuarenta trenes distintos que pasan. Nunca había visto algo así. 

Allá el sintoísmo y el budismo son los principales motores espirituales, por así decirlo. Había santuarios con piedras en las que dejaban agua, arroz y sal. Es muy loco el choque cultural, acá no se ve eso.


Matías: ¿Qué faltó?


Santiago: Estar más tiempo, pero de turista, porque si te vas a vivir eres uno más. En la animación hay mucha explotación. Es enorme. Me hubiera gustado conocer más lugares, más ciudades, más pueblos. Estuve en Tokio, Kyoto y Osaka. Fui a Nara, un pueblito, Uji, también, más piola. Es un país súper interesante. Aparte veía en Twitch a un gringo que vive en Japón y camina, va con su cámara y camina, habla con la gente, come. Después fue loco ver esas cosas en vivo. 

No conocí el mar. Eso me faltó.